Era octubre. El plan inicial era escalar en el Desfiladero del Cares, pero un calor excesivo para la época nos obligó a cambiar de idea y buscar un entorno más fresco. Así acabamos poniendo rumbo al Urriellu.

El Picu Urriellu, también conocido como Naranjo de Bulnes, es una de las cumbres más emblemáticas de los Picos de Europa. Con 2.519 metros de altitud, se alza en el concejo de Cabrales, Asturias, y ejerce una atracción difícil de explicar para quien escala en estas montañas. Pasamos tres días al pie del Picu y escalamos una vía en cada una de sus caras. Esta es una breve crónica de la actividad.

El acceso lo realizamos desde el Collado de Pandébano, punto de partida de la ruta clásica y directa hacia la base del Naranjo de Bulnes. Cruzando collados y pastos, avanzamos hacia la Vega mientras el Picu va apareciendo poco a poco en el horizonte. El tiempo habitual de subida oscila entre dos y tres horas, según el ritmo y la carga. Llegamos a media mañana. Paramos en el refugio y, cuando el sol alcanza la pared, comenzamos a escalar.

La primera vía fue “Sagitario”, en la cara oeste: 250 metros, 6b obligado, abierta en 1985 por Higinio Giraldo y Andrés Villar. Es una opción ideal para adentrarse en la verticalidad de esta cara. Semi-equipada, con reuniones equipadas con argollas para rapelar, discurre por una caliza compacta y vertical de excelente calidad. Los largos exigen buena lectura de la roca, con progresión sobre placas técnicas. Aunque no alcanza la cumbre, ofrece un auténtico ambiente de gran pared. Finaliza en los Tiros de la Torca, un pequeño saliente rojizo característico de la cara oeste, desde donde se desciende en cuatro rápeles, rectos y rápidos. A las siete ya estamos de vuelta en el refugio, justo a tiempo para sentarnos a cenar. Una vía corta, intensa y de una calidad espectacular.

Al día siguiente nos dirigimos a La Cepeda, la primera ruta abierta en la cara este del Picu. Se trata de una clásica de 350 metros y dificultad moderada (V+), abierta en 1950 por María Jesús Aldecoa, Jaime Cepeda y Pedro Udaondo. Desde el refugio hasta el pie de vía se camina aproximadamente una hora y cuarto por la Canal de la Celada, hasta alcanzar el collado y la base de la pared.
El trazado sigue las debilidades naturales del muro y ofrece una escalada variada y muy disfrutona sobre roca magnífica. El último largo, conocido como el Rompetobillos, es un diedro ligeramente desplomado, equipado y con buen agarre, aunque conviene no confiarse: una repisa espera debajo. Tras superar un pequeño túnel que da acceso al anfiteatro de la cara sur, rapelamos por la vertiente soleada.

Es mediodía y aún tenemos margen para seguir escalando. Optamos por “El Paso Horizontal”, 250 metros de dificultad amable, abierta en 1928 por Manuel Martínez Campillo. Una vía bonita y peculiar que combina tramos verticales con una marcada travesía horizontal —de ahí su nombre— antes de continuar hacia arriba. Para nosotros, uno de los largos más estéticos de toda la cara sur. El descenso lo realizamos por los rápeles de la Martínez.

En la tercera jornada afrontamos la “Pidal–Cainejo”, una vía que nos hacía especial ilusión: fue la primera ascensión al Picu, realizada en 1904 por Pedro Pidal y Gregorio Pérez “El Cainejo”. Son unos 350 metros, con dificultad máxima de V en pasos puntuales. La primera mitad recorre la cara este por terreno fácil pero poco evidente, entre canalizos y gradas. Se gana altura progresivamente hacia la derecha hasta alcanzar las vistosas chimeneas: anchas, físicas, francas y bien protegibles. Largos bonitos, con ambiente y una roca excelente.

Ese día alcanzamos la cumbre bajo un cielo limpio, con temperatura ideal y una luz de otoño espectacular. La única compañía fue la sencilla y discreta figura de la Virgen de las Nieves.

Disfrutamos del Picu y de la soledad que ofrece en esta época del año. Descendimos por la vertiente sur y, ese mismo día, regresamos al aparcamiento de Pandébano, cerrando así tres jornadas completas de escalada en uno de los grandes escenarios de la península.

Quim Roumens y Lali Bofill


