El día que llegó el frío

Por los despoblados de Grustán, Lapenilla y Puy de Cinca

El frío llegó sin avisar. No el frío de calendario. No el que marca el móvil. El frío que se instala en los dedos y te recuerda que el invierno ya está aquí.

Salíamos a primera hora de la mañana, con esa mezcla de ilusión y respeto que tienen las aventuras. El cielo estaba limpio, de un azul cortante. Demasiado limpio. En la Ribagorza el aire baja seco, fino, y cuando te roza la piel parece que pregunte si estás preparado.

Lo intentábamos…

Como es habitual con Sergi y Elena, quedamos para ir a descubrir algunos de los despoblados de la Ribagorza. Esta vez tocaba recorrer los alrededores de Graus a ritmo tranquilo, disfrutando de la compañía y de hallazgos que nos hicieran imaginar la vida de hace unos años en unos pueblos que ahora son solo ruinas… ¿Cómo vivían? ¿Por qué han acabado muertos?

Grustán. Pedalear para entrar en calor

La subida hasta Grustán desde Graus, corta pero intensa, hizo que pudiéramos empezar a combatir el frío. Las primeras rampas sirvieron para despertar las piernas y, sobre todo, para recuperar la sensibilidad en los pies. El frío se había instalado en ell os antes que nosotros.

El pueblo apareció entre la vegetación como una presencia discreta, tras un sendero de acceso que ponía a prueba las habilidades. El sol calentaba mientras el aire te recordaba que el frío no se marcharía.

Caminamos en silencio recorriendo los alrededores de la iglesia de Santa María, el único edificio que permanece en pie, y después una de las calles del pueblo, entre muros caídos y hierbas hambrientas por devorarlo todo, sin prisa pero sin pausa. Con el frío, todo tenía un tono más crudo, más implacable.Grustán disfruta de una posición inmejorable, desde donde se divisa la confluencia del Ésera con el Isábena.

La reflexión es obligada: ¿por qué un lugar tan privilegiado y seguro, seguramente con gran importancia estratégica en el pasado, ha caído en el olvido hasta el punto de estar a punto de desaparecer? El día continuó siguiendo una magnífica cresta que nos regalaba vistas de las primeras nevadas del Pirineo.

Tras una bajada vertiginosa en dirección al embalse de El Grado, volvimos a ascender hasta la ermita de San Martín, donde nos esperaba un espectacular mirador desde el que observar la Peña Montañesa y el skyline del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

Habiendo completado ya casi todo el desnivel y con pocos kilómetros por delante, solo quedaba coronar las ruinas del antiguo castillo de Panillo, con sus enigmáticos restos y magníficas vistas.Justo antes de hacernos fuertes bajo el porche de la ermita de la Virgen de la Collada para prepararnos para una fría noche contándonos batallas y mil anécdotas —muchas de ellas ya conocidas, pero no por ello menos divertidas.

Lapenilla. Un descenso gélido

A la mañana siguiente el frío seguía intacto; la única diferencia era que esta vez comenzábamos con un largo descenso por la umbría matinal, que no ayudaría mucho a entrar en calor, más bien al contrario.

Llegamos a Lapenilla, la única zona relativamente llana en la ladera de la montaña, lo bastante amplia como para albergar un pueblo de poco más de diez casas, una iglesia y algunos campos de cultivo. Protegida por una muralla natural que la abriga, es un pequeño oasis idílico donde el silencio esconde una memoria olvidada.

La iglesia, el edificio mejor conservado, mantiene en pie el campanario, que nos vigila mientras recorremos el pueblo en busca de pistas que nos expliquen algo sobre su pasado.

No hablábamos mucho. El frío también ocupa espacio entre las palabras.

Una vez visto y comentado todo lo que Lapenilla nos ha mostrado, continuamos la ruta siguiendo un constante sube y baja hacia Puy de Cinca.

Puy de Cinca. A orillas del agua

El pueblo más grande de los que hemos descubierto este fin de semana, de unas treinta casas. Aunque el agua del embalse de El Grado no lo anegó directamente, sus tierras fértiles sí quedaron inundadas, condenándolo al abandono.

Un pueblo devorado por la maleza, que hace que no nos entretengamos demasiado, con el campanario de la iglesia luchando contra la gravedad, intentando no caer sobre nosotros.

Aquí comienza la última subida del fin de semana, que se deja hacer bien, con algunas rampas exigentes que son justamente las que ayer bajamos.

Una vez coronado el puerto, un descenso rápido nos lleva al embalse de Barasona para regresar a Graus y completar un fin de semana de frío, descubrimiento, silencio y memoria sobre ruedas por los despoblados de los alrededores de Graus.

Más info en: Deshabitados Ribagorza I MTB I CONUNPARDERUEDAS.COM

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