La Roca del Corb y Sant Honorat son de esas montañas que pasan desapercibidas y que yo considero una pequeña joya. No están escondidas: se ven desde una de las carreteras importantes de acceso al Pirineo, y sorprende que sean tan poco concurridas pese a su gran singularidad.
Un pequeño macizo de conglomerado con paredes, barrancos e impresionantes vistas que ofrecen una excelente perspectiva de la zona, además de infinidad de rincones por explorar con calma. El plan es pedalear hasta este bombón rocoso y pernoctar en su base para empaparse de su majestuosidad. El punto de inicio es el Dolmen de Sòls de Riu y la Ermita de Santa Eulàlia, originalmente ubicados en lo que hoy serían las profundidades del pantano de Rialb y reubicados en nuestro km 0.
Desde aquí, la idea es seguir la carretera que recorre el perímetro oeste del pantano de Rialb. Un constante sube y baja, idas y venidas que resiguen los bordes del agua y que, gracias a un invierno muy lluvioso, han dejado un paisaje espectacular.

Al llegar a Vilaplana, la ermita de Sant Miquel es la primera en dar la bienvenida. Un pueblo aparentemente aislado, pero lleno de vida. Seguimos la carretera más cercana al pantano hasta llegar a Tragó y luego a Peramola, punto de acceso a la Roca del Corb, subiendo al collado de Quatre Camins, desde donde empezamos a divisar el encanto de este lugar.
Siguiendo la pista principal llegamos a las paredes de la muralla conglomerada y al mirador, que nos regala unas magníficas vistas de Sant Honorat, el gemelo de la Roca del Corb. Sant Honorat parece una fortaleza inexpugnable, pero esconde excitantes senderos ocultos a simple vista que desvelan todos sus secretos. Pero hoy toca centrarse en la Roca del Corb.

A pocos metros del mirador empieza el camino de acceso a Sant Salvador del Corb, la ermita románica más pequeña de Catalunya. Para acceder a ella hay que estar libre de vértigo, pero las vistas y la tranquilidad de la cima valen muchísimo la pena.
Ya con los chacras limpios, toca buscar el emplazamiento idóneo para vivaquear. La idea inicial era la Casa del Corb, una cueva a los pies de la pared que rodea la Roca del Corb y que se adaptó como vivienda añadiendo una pared exterior y algunas interiores para delimitar distintas estancias.

Se dice que sus primeros habitantes podrían haber vivido allí durante el Neolítico, aunque lo que sí es seguro es que los últimos lo hicieron a principios del siglo XX. Tampoco hace tanto. Resiguiendo la pista por la que veníamos, que bordea la roca, se encuentra a la derecha el acceso al Coll de Mur, que da acceso a Sant Honorat. Y siguiendo ya por sendero, recorriendo la muralla rocosa, se llega al corral de la Casa del Corb.

Aquí termina el camino ciclable y un sendero poco apto para empujar la bici da acceso, esta vez sí, a la Casa del Corb. Se hace difícil imaginar cómo debía de ser la vida en este lugar, pero las evidencias son claras: este rincón ha estado habitado durante muchísimo tiempo y resulta tan mágico como misterioso.
Así que el lugar óptimo para pernoctar parece ser el corral, pocos metros antes de la casa. Un atardecer tranquilo, escuchando el silencio, observando cómo se apaga el día y se encienden las estrellas hasta caer dormido.

El día empieza con las primeras luces: desayunar, empaquetarlo todo en las bolsas y revisar que no queda nada ni se deja rastro antes de reanudar el camino.
Esta vez, dirección Cortiuda, un pueblo casi abandonado en un enclave idílico donde parece que el tiempo se haya detenido. Un pequeño refugio de montaña guardado, otra ermita —la de Sant Martí— y algún caserío aparentemente habitado. Paz.
Desde aquí empieza un descenso largo y continuado por pista, resiguiendo campos de cultivo y bosques. Algún caserío más, otra ermita… y seguimos bajando hasta el río Rialb.

La sensación durante esta bajada es la de estar atravesando una zona muy remota y desconocida, aun encontrándose en un terreno que consideraba conocido. Y si hoy en día ya me sigue pareciendo inhóspita, con un acceso relativamente fácil gracias a las pistas forestales, no quiero ni imaginarme lo aisladas que debían vivir las personas en estos valles habitados desde la prehistoria, cuando solo existían caminos de herradura y senderos de montaña.
Llegados al río Rialb, solo queda seguir sus aguas tranquilamente hasta regresar de nuevo al Dolmen de Sòls de Riu y la ermita de Santa Eulàlia.
Un fin de semana de bici, aventura y pequeños descubrimientos que llenan el alma.




