De Barcelona a Nordkapp en bicicleta: rumbo al fin del continente

Salir de casa en bicicleta, desde Barcelona, y acabar en la punta más al norte de Europa, en Nordkapp (Noruega), es una de esas ideas que empiezan con un “¿y si…?” y acaban convirtiéndose en una aventura enorme. Con el mapa delante y los días de vacaciones contados, empecé a dar forma al viaje. El plan era sencillo (en teoría): salir de casa, pedalear hacia el norte y llegar a Oslo antes de finales de julio. A partir de ahí, la aventura continuaría, pero ya no estaría sola.

El 30 de junio salí de Barcelona siguiendo la costa siempre que pude. Y aquí va la primera verdad: salir de España en bicicleta no es especialmente glamuroso. Tráfico, pocas infraestructuras y opciones para dormir bastante limitadas. Pero tenía claro que quería empezar desde la puerta de casa, así que asumí que los primeros días serían de adaptación… y de respirar hondo más de una vez. Todo cambió al cruzar a Francia. De repente, pedalear volvió a ser un placer. Carriles bici bien diseñados, rutas tranquilas y pueblos acostumbrados a ver ciclistas cargadas como mulas. Eso sí, también llegaron los 40 grados y varios días avanzando pegada a la costa mediterránea francesa, derritiéndome lentamente. A la altura de Aviñón empecé a seguir el curso del río Ródano hasta Lyon, una ruta tan cómoda que casi se pedaleaba sola.

Desde Lyon puse rumbo a Suiza, entrando por Ginebra y continuando hasta Basilea. A partir de ahí, el viaje se volvió muy fluido. Alemania y Dinamarca me recibieron con carriles bici impecables, señalización clara y carreteras secundarias tranquilísimas cuando tocaba compartir espacio con coches. Para dormir fui combinando campings con opciones más improvisadas. En Dinamarca descubrí la aplicación de los “shelters”, que permite encontrar refugios gratuitos y perfectamente cuidados, y que hacen que viajar en bici sea todavía más fácil. Desde Dinamarca crucé en ferry a Noruega y llegué pedaleando hasta Oslo, donde me esperaba Aida. A partir de ese momento, el viaje cambió de ritmo y de energía. Ya no pedaleaba sola: ahora éramos dos rumbo al norte.

Dejamos atrás Oslo y nos adentramos en paisajes cada vez más verdes y montañosos camino de Trondheim. Noruega no tarda en dejar claro que aquí todo es más grande: los valles, los bosques… y las subidas. Se sube y se baja constantemente, pero, sorprendentemente, se hace llevadero si estás acostumbrada a la bici (y lo dice alguien que no es precisamente fan de las cuestas).Desde Trondheim empezamos a seguir la costa. Nos quedaban unos 2.000 km hasta Nordkapp, enlazando ferris, fiordos y paisajes que parecían irreales. Los túneles, que al principio imponen bastante, resultaron no ser ningún drama: bien iluminados, con arcén o acera y, en algunos casos, hasta con botones para avisar a los coches de que hay ciclistas dentro.

Para organizarnos en Noruega hubo tres aplicaciones imprescindibles: YR, para consultar el tiempo; Vildnis, para localizar refugios y shelters; y Mapy, que nos ayudó tanto a planificar etapas como a encontrar pequeñas cabañas o refugios turísticos donde resguardarnos cuando el cielo amenazaba lluvia. Noruega es verde, silenciosa y exigente. La mayor parte del recorrido es por asfalto y, aunque a veces compartimos carretera con coches, el tráfico es mínimo y el respeto hacia las ciclistas es absoluto. No te engañes: Noruega es muy grande.

Este viaje empezó como una idea lanzada al aire y terminó convirtiéndose en una experiencia que nos acompañará siempre. Y si esta idea te ronda la cabeza, solo podemos decir una cosa: prepárate, pedalea y deja que el camino haga el resto. Habrá días duros, calor, lluvia y subidas interminables… pero también silencios mágicos, paisajes brutales y una sensación de libertad difícil de explicar.

Sara i Aida

Compartir:

Facebook
Twitter
Pinterest
LinkedIn

Relacionado