Subir al Adarra para estrenar el año es una tradición profundamente arraigada en Gipuzkoa. Cada 1 de enero, familias, senderistas veteranos y caminantes ocasionales confluyen en sus laderas buscando ese instante de calma en la cumbre, cuando las sombras de la madrugada se retiran del valle y el brindis —con caldo o con cava— marca simbólicamente el inicio del nuevo ciclo.

El itinerario más habitual parte del barrio de Besadegi, en Urnieta, y permite elegir entre dos opciones bien diferenciadas: la variante directa, corta y exigente, o una ruta circular más pausada que atraviesa un paisaje cargado de historia. A lo largo del recorrido afloran crómlech, dólmenes, menhires y túmulos que integran la estación megalítica de Adarra-Mandoegi, recordando que este monte fue lugar de paso y de rito mucho antes que de senderismo.

Entre los primeros vestigios destaca el crómlech de Elurzulo, un amplio círculo de piedras de más de once metros de diámetro. Más arriba, en un collado abierto, aparecen los crómlech de Eteneta, acompañados por un menhir vertical que se alza más de dos metros y rompe con sobriedad la línea del horizonte.

El camino alterna tramos de bosque con zonas de campa abierta hasta alcanzar la cima del Adarra, de perfil suave y acogedor. Desde lo alto, la vista se extiende desde el Cantábrico hasta las crestas interiores de Aralar y Aizkorri. Un escenario sencillo y poderoso que, año tras año, vuelve a reunir a quienes celebran el comienzo del año a paso lento y con la mirada puesta lejos.





