La meteo, en todas las páginas que consultamos, decía que ese día no llovería. El día anterior, el anterior del anterior y el anterior del anterior del anterior, al cielo se le habían abierto los diques; al día siguiente, según decían, también.
Paramos el coche frente al ayuntamiento de Ituren. Los limpiaparabrisas marcaban el compás mientras yo actualizaba, por enésima vez, la página de la meteo y mi madre hacía lo propio con Strava, tratando de acordarse en qué punto exacto del recorrido había empezado a llover y qué alternativa podíamos improvisar si volvíamos atrás.

Llevaba días con esa cima en la cabeza. En cualquier reseña se habla de las vistas desde la ermita: el mar a un lado, los Pirineos recortando el horizonte al otro. Aprovechando que mi madre estaba de visita, la convencí para ir. Me costó menos arrastrarla hasta allí que conseguir que recordara el nombre del pueblo en el que estábamos.
Y entonces, como si quisiera darnos una tregua, la lluvia paró. Con el chubasquero todavía en la mano, empezamos a caminar hacia una cima que comenzaba a insinuarse entre las nubes.

El sendero arranca entre un laberinto de pistas que conducen a los distintos baserris y que ganan altura casi sin que uno lo note. Asfalto, tierra, sendero, otra vez pista forestal… una transición constante hasta llegar a un hayedo que parece sacado de un cuento (o, según mi madre, a los bosques de la comarca de El Señor de los Anillos).
La subida serpentea entre hayedos, edificaciones antiguas y piedras cubiertas de musgo. Después, el bosque queda atrás y el camino se abre a una ladera expuesta al viento, probablemente cubierta de helechos en primavera o en verano. En ese punto vuelve a verse la ermita. El camino dibuja una Z interminable. Y la ermita sigue allí, inmóvil, obstinada, siempre a la misma distancia. El viento sopla constante, el paisaje se vuelve repetitivo y el tiempo parece dilatarse. Solo los pies, tercos, siguen avanzando.

Al poco, porque la sensación de que la ermita no se acerca no es más que eso, una ilusión. El viento de la arista golpea con fuerza hasta llegar al montón de rocas conglomeradas sobre el que se alza la ermita. Buscamos las escaleras. Sesenta y tantos escalones, más otros cuantos en una segunda tanda, nos llevan finalmente a la cima.
Las vistas —imagino que en un día con mejores condiciones— deben de ser espectaculares: el mar, las Peñas de Aya y La Rhune perfilándose a un lado; los Pirineos, aún nevados y medio ocultos entre nubes, al otro. Nosotras apenas intuimos sus formas. Hicimos la foto de rigor y, antes de que el viento decidiese llevarse algo más que nuestro equilibrio, empezamos el descenso por la otra vertiente.

Entre el collado —donde descansa un monumento prehistórico— y la cima, las piedras del camino son de tantos colores y texturas que pienso que, de haber venido aquí de pequeñas, habríamos llenado la mochila hasta no poder cargarla. Desde el collado hasta Auritz, el sendero sigue las marcas del GR hasta Ituren, aunque con la lluvia de los días anteriores resulta difícil distinguir dónde termina el camino y dónde empieza el agua.




